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Cómo cuidar a los pequeños gourmets

La creencia de que a los niños no les gusta la buena comida lleva a muchos restauradores a rebajar drásticamente el nivel nutricional de sus propuestas para ofrecer lo peor de la carta en el menú infantil: salchichas, pizza, patatas fritas y helados. El problema, es que cada vez menos padres y niños se conforman con estas preparaciones.

La tendencia de ofrecer a los niños comida de bajo perfil nutritivo en los restaurantes ha comenzado a entrar en declive por el constante aumento de los malos hábitos alimentarios, causantes, en última instancia, del constante incremento de las tasas de sobrepeso y obesidad infantil. Este hecho se produce, además, en un momento en el que cada vez resulta más habitual que los padres quieran que sus hijos les acompañen a comer fuera de casa y valoren sus opiniones.

Acostumbrada a ir un paso por delante, la alta gastronomía comienza a reaccionar frente esta circunstancia, al unísono que proliferan las propuestas para ampliar el horizonte gastronómico de los más pequeños. Un buen ejemplo es el éxito de programas de televisión como MasterChef Junior. A su vez, en lugares como California comienzan a surgir iniciativas como “Pomme Bebé”, un restaurante especialmente pensando para los que todavía no hablan, pero ya expresan perfectamente sus gustos. Otro tanto cabe decir del proyecto editorial de Ferrán Adrià “Te cuento en la cocina” para que madres e hijos cocinen conjuntamente recetas saludables a cuatro manos. También Andoni Luis Adúriz, chef del restaurante Mugaritz, elabora fichas técnicas de platos para que los niños puedan conocerlos al detalle, habiendo editado el libro Txikichef, dedicado al fomento del consumo de platos de pescado y verdura entre los niños. Asimismo, grandes chefs de dentro y fuera de España comienzan a adaptar sus menús a los niños menores de 14 años para que incluyan hortalizas, legumbres, etc. Fruto de esta tendencia, estrellas de los fogones como Martín Berasategui, Susi Díaz o Pepe Rodríguez se conjuraron hace unos años para firmar el manifiesto “#Foodiekids” con el objetivo de generar alternativas al obsoleto menú infantil que fueran más allá de los nuggets de pollo y los macarrones con tomate de lata. Por no hablar de la experiencia pionera de Ada Parellada en el año 2004 en el restaurante “Semproniana” donde los niños, con la ayuda de algunos monitores, aprendían a elaborar su propia comida.

Si bien resulta exagerado hablar de una revolución del menú infantil, parece claro que algo está moviéndose en la alta gastronomía y en los sectores de la población mejor informados para que los niños coman más saludablemente a partir de ahora.

El punto de partida son diferentes estudios científicos que confirman que los menús infantiles tienen una ínfima calidad dietética. Una investigación llevada a cabo en 180 restaurantes que preparan menús infantiles concluyó que un 93% de ellos no incluye legumbres, un 78% tampoco verdura y un 56% ni siquiera pescado. Según este trabajo, las propuestas gastronómicas pensadas para los críos se basan en la poca variedad, la constante repetición de guarniciones y salsas, el excesivo empleo de técnicas culinarias grasas (fritos, empanados y rebozados) y el abuso de ingredientes de origen animal (embutidos, huevos, carne picada, queso, etc.) En cambio, muy pocos de ellos incluyen ensaladas, platos de verduras u ofrecen fruta de postre.

Esta situación, más propia del pasado, contrasta con el hecho de que la comida saludable se haya convertido en la gran tendencia de consumo a nivel mundial. Para importantes observatorios de tendencias como Nielsen o Mintel, no cabe hablar de una moda efímera sino de algo que ha llegado para quedarse, entre otras cosas, porque vivir el mayor número de años posible con la máxima calidad de vida se ha convertido en una aspiración universal.

En vista del número creciente de madres y padres que empiezan a ser conscientes de la repercusión de ofrecer comida poco saludable a sus hijos, cada vez más hoteleros y restauradores están adaptando sus cartas infantiles para que alimentos como las hortalizas, las versiones integrales de los cereales, las frutas o los pescados, sean más atractivos para ellos. Hay muchas formas de conseguirlo: creando una carta especial que incorpore delicias gastronómicas saludables; adaptando las cantidades y determinados sabores y texturas al paladar infantil y juvenil; recurriendo al empleo de platos con presentaciones nuevas y atractivas para llamar la atención de los más pequeños, etc.

Aunque durante los primeros años de vida el paladar no es muy aventurero, los niños reconocen disfrutar con algunos platos internacionales. Por otra parte, los dietistas-nutricionistas consideran un error ofrecer diferente comida a niños y adultos, ya que impide a los primeros la posibilidad de experimentar nuevos sabores con los que enriquecer su cultura gastronómica (y subsidiariamente les impide conformar una memoria sensorial), y a los segundos (los padres) predicar con el ejemplo. El recurso de complacer a los niños con platos cargados de alimentos precocinados, derivados cárnicos o de comida rápida, generalmente rica en sal, grasas y/o azúcar, parece tener sus días contados, pese a tratarse todavía de la propuesta preponderante.

Concienciar a los hoteleros de la importancia de adecuar su oferta al paladar infantil (con independencia de que mantengan en la carta el escalope de pollo y los macarrones con tomate…) y consideren a los niños unos clientes más, es la mejor semilla para cosechar en el futuro grandes gourmets de estómago agradecido y de fraguar, en compañía de sus familias, unos hábitos que les lleven a disfrutar de las diferentes etapas de la vida en salud.

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